Abriendo los ojos internos, sin límites frente a la vida

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Ana Lucía es un claro ejemplo de que pese a tener una discapacidad, una persona puede desarrollarse plenamente. Graduada con honores de secundaria, universidad y maestría, se ha destacado siempre. Es altamente capaz, alegre y está en paz con la vida. No se queja de pequeñeces, más bien agradece sus dones y los eleva a su máxima expresión. Su papel más importante, hoy en día, es ser madre.

Ana Lucía, Joshua y Luciana forman una hermosa familia. “Mi familia es central y estoy muy orgullosa de lo que hemos hecho juntos”, cuenta Ana Lucía satisfecha.

La conocí hace unos meses en Panamá. Al día siguiente partía a reunirse con su esposo, Joshua, en Boston. Estaba relajada, contenta, muy conversadora, con todos sus sentidos puestos en el cuidado de la pequeña Luciana, una inquieta pequeña que, como toda criatura de algo más de un año, deambulaba sin parar y no escatimaba esfuerzos por llamar la atención. Tenía todo programado: la comida que llevaría para el avión, los pañales para cambiarla, las mamaderas con agua. Me habían comentado que Ana Lucía era polifacética, muy competente y organizada, pero luego de conocerla, de recibir sus emails, de escuchar en diversas grabaciones que me hizo llegar su dulce, pausada y melodiosa voz –una que a tantos ha deleitado a través de los años–, puedo asegurar que su capacidad, su entereza, su bondad y su don de gentes me impresionaron aún más.

Ana Lucía Vlieg, de 33 años de edad, está acostumbrada a los retos. Viajar sin nadie más que Luciana y Eclipse, su perro guía, no le quitaba el sueño. Después de todo, haber nacido invidente es, en su concepto, una parte más de su vida, una vida que ha sido plena y rica en todo tipo de experiencias desde que tiene uso de razón. Y es que para Ana Lucía su situación particular se convirtió en una experiencia de aprendizaje. “Mi forma de afrontar mi ceguera es verla como un elemento más de los que componen la persona que yo soy: soy panameña, soy de estatura pequeña, soy de cabello oscuro, entre otras cosas, y soy ciega. Tengo talento para la música, para la literatura, soy creativa. Creo que entre todas esas cosas, la ceguera es una más. Y todo lo que tú eres te marca. ¿Cómo esto me ha marcado? Me obliga a abrir los ojos internos, me obliga a ver que no puedo hacer las cosas de la manera tradicional y a buscar otras avenidas. Así la veo, como un reto, me toca descubrir otras formas de hacer las cosas”, comenta sin titubear, quien en un momento muy temprano de su existencia tomó una decisión: “Tengo que aprender a manejarme en un mundo vidente”.

Ana Lucía y su hermana mayor, Patricia Elena, tienen una condición de la retina presente desde su nacimiento. Nadie en su familia la poseía, por lo que para sus padres, el Dr. Randall A. Vlieg y la licenciada y trabajadora social Aurora Quintero de Vlieg, fue un gran desafío. “Mi papá es oftalmólogo y tiene dos hijas invidentes. Él sabía lo que esto implicaba y que, a pesar de sus conocimientos médicos, no podía resolver esa situación. Mis padres se enfrentaron a eso y siento admiración por lo que hicieron. Trataron de enseñarnos a observar el mundo, a ser conscientes de lo que nos rodeaba, a despertar nuestra curiosidad. Mi mamá nos describía muchas cosas con colores; ambos nos leían mucho, nos ponían en contacto con el medio ambiente, salíamos a caminar, nos decían: toca esto. Nos enseñaron a ser curiosas, despiertas intelectualmente. Mis padres tienen un sentido de responsabilidad, de excelencia, que nos inculcaron. Nos repetían: ‘Haz las cosas bien, lo mejor que puedas, el mínimo no es suficiente, tienes que hacer más que eso’. Poco a poco, ellos fueron captando cómo enseñarnos”.

El Dr. Randall A. Vlieg y la Lic. Aurora de Vlieg, padres de Ana Lucía, la acompañaron durante su graduación en Boston College, donde cursó una maestría en Literatura estadounidense y británica, y donde también trabajó como profesora.

En el prólogo del libro de poesía Sueños y Esperas, resultado de la gran afición de Ana Lucía por las letras, Rolando Domingo nos brinda una clara idea del ambiente que reinaba en la casa de los Vlieg. Nos cuenta cómo toda la familia trabajaba en equipo para la educación integral de ambas jóvenes, desde los abuelos que grababan ya fuera textos escolares o libros, revistas y periódicos suministrados por el padre para que ellas luego los devoraran en un instante, hasta la transcripción incansable realizada por la madre de cada trabajo plasmado en gruesas hojas de Braille por sus hijas. “Todo este proceso, aunado a clases de canto, piano clásico, computadora, guitarra e innumerables instrumentos y seis idiomas (inglés, francés, alemán, japonés, italiano y portugués), parece que no copa el programa diario de la familia”, concluye el prólogo.

No es casualidad, pues, que Ana Lucía se graduara de secundaria con el puntaje más alto de todos los colegios de la provincia de Panamá; que fuese escogida como Valedictorian por ser el primer puesto de su promoción en Emerson College, en Massachusetts, de donde se graduó de estudios universitarios en literatura; y que luego completara satisfactoriamente su maestría en Literatura estadounidense y británica, en Boston College, donde también trabajó como profesora, dirigiendo una clase de estudiantes universitarios de primer año. Como todo en esta vida, su desarrollo y superación personal, al igual que los de su hermana Patricia Elena –quien también se graduó con honores de secundaria y universidad, y hoy en día es una destacada cantora, compositora y arreglista–, estuvieron marcados de cerca por su gran talento e inteligencia, pero también por las enseñanzas y el aliento constante que recibieron por parte de sus seres queridos. Ana Lucía cuenta orgullosa: “Nos enseñaron que el aprendizaje no se acaba en la escuela. Nos dieron fuerza y empuje. Si hay algún tipo de patrón en nuestra educación, fue la insistencia en dar lo mejor de nosotras, en tener disciplina, responsabilidad y siempre buscar la excelencia. Admiro mucho a mis padres porque lo hicieron y lo hicieron bien, siempre con una conciencia clara de que querían lo mejor, que fuéramos capaces de hacer las cosas”.

La boda religiosa de Ana Lucía y Joshua fue el 6 de enero del 2006, en la iglesia de San Francisco de La Caleta. Luego de la ceremonia religiosa, disfrutaron con alegría en compañía de amigos y familiares.

A su esposo, Joshua Daley Paulin, de 39 años de edad, lo conoció hace una década mientras estudiaba en Boston. Con una voz privilegiada, Ana Lucía participaba en el coro de una capilla cuya orden de sacerdotes tenía un seminario cerca de su casa. Ella empezó a asistir a reuniones para discutir la palabra de Dios, las mismas a las que asistía Joshua. Se conocieron, empezaron a salir, a compartir y a los seis meses de novios él le propuso matrimonio. Ella le respondió que tendría que esperarla pues quería hacer su maestría. Dos años más tarde, el 23 de mayo de 2005, Ana Lucía recibía su diploma y, cuatro días después, se casaba con Joshua por lo civil. La boda religiosa sería luego en Panamá. “Somos distintos en personalidad, él es más callado, pero compartimos valores fundamentales. Intelectualmente la pasamos muy bien juntos. Compartimos el valor de la amistad, de la solidaridad. Nos gustan cosas parecidas: salir, ir y descubrir cosas, tener actividades juntos, ir en el verano al lago, a las playas, yo soy más aventurera que él. él me dice: ‘Tú me empujas’, le gusta, se suma a la aventura, sobre todo ahora que tenemos una hija”.

¿Y cuándo resolvieron que querían tener descendencia? “Fue una decisión desde el inicio. Él se sentía más preparado que yo, por eso esperamos cinco años, pero siempre estuvo en mi mente querer tener hijos. Recuerdo desde pequeñita que yo le pedía a Dios una cosa, que era tener una familia y poder enseñarles a mis hijos a bendecir su nombre. Eso era muy claro para mí y también para Josh. él es el menor de diez hermanos”.

Y mientras Luciana se le trepa encima, la toca y balbucea varios sonidos entre los cuales se distingue “mamá”, a Ana Lucía se le ilumina el rostro, sonríe y con suavidad me comenta: “Realmente para mí tener a Luciana ha sido una de las experiencias más lindas de la vida. Lo más maravilloso de tenerla es ella, nuestra relación, su alegría, la comunicación que hemos logrado, darme cuenta de que ella me entiende lo que le estoy diciendo, en diversos idiomas, que entiende mis gestos, es extraordinario… Lo más difícil es la desconfianza de la gente, que se preocupan mucho. Las dos vamos a aprender cosas, nos vamos a equivocar y tenemos que tener paciencia mutuamente, pero lo vamos a lograr. Una de las grandes ayudas ha sido la presencia de mi esposo, las cosas que aprendimos a hacer juntos, a cambiarla, a vestirla: tengo los colores organizados, para armarle los juegos doblo las dos piezas juntas, una dentro de la otra. Una de las cosas más complicadas era darle de comer. Un día Joshua estaba ocupado y decidí darle la comida sola, puse mi mano en su barbilla para guiarme y con la otra le di la comida. Funcionó bien y así lo he seguido haciendo. Además, he desarrollado muchos códigos: una canción para la mesa, una para la siesta… Mi esposo todavía no sabe dormirla. Yo le canto, la baño sola”.

Aunque suene fácil, no lo es. La rutina de Ana Lucía es pesada, tanto como lo sería para cualquier madre que trabaja, atiende una casa y complace al ser que ama. Lo hace con el mayor regocijo, pese a no contar con esa herramienta adicional que a los demás nos facilita nuestro caminar. “Si yo te contara las prisas en las que andamos…”, fue una expresión que me lo dijo todo y que me llevó a reflexionar sobre el contraste existente entre Ana Lucía y tantos jóvenes que pese a tener innumerables posibilidades y ningún impedimento, no aprovechan las oportunidades que la vida les da para desarrollar su potencial plenamente.

Ana Lucía está todo el tiempo pendiente de Luciana. La alimenta, la baña, la viste y la duerme. Está al tanto de cada detalle de la pequeña.

Los padres de Ana Lucía, esos que un día afrontaron el reto de sacar adelante a sus dos retoños, sienten orgullo del camino que cada una ha recorrido y lo expresan claramente: “Admiramos la manera como enfrentan los retos, su gran responsabilidad en cada tarea o compromiso que adquieren, su gran apertura frente a lo nuevo y la búsqueda de lo positivo más que de lo negativo. En el caso de Ana Lucía, le admiramos esa capacidad de lucha frente a la vida, asumiendo compromisos más allá de su persona, como es el caso del matrimonio que trae consigo múltiples responsabilidades y, sumado a lo anterior, el gran reto de la maternidad, cuya responsabilidad es bien compartida con su esposo, pero en su caso esto significa romper realmente muchas barreras en la medida de los múltiples detalles que significa el atender día y noche una bebé y continuar cumpliendo con su trabajo. En fin, no se pone límites frente a la vida”.

Conversar con Ana Lucía me abre los ojos a un mundo en el que no existen barreras. Al preguntarle sobre los obstáculos que ha tenido que afrontar, cándidamente me responde: “Yo simplemente viví. No es que tengo que hacer algo para probar nada, busco otras estrategias que la gente que ve no tiene. ¿Cuánta gente no lo ha hecho antes?”. Y continúa con una sencillez impresionante: “Es que yo estoy contenta con mi vida, yo estoy contenta con mi familia, con lo que tengo de mi independencia, estoy contenta con haber aprendido lo que he aprendido, con las herramientas que me dan. La posibilidad de tener una perra guía ha sido de gran ayuda para ganar una independencia física. Yo comencé con el bastón y en el 2006 fui a The Seeing Eye –escuela donde entrenan perros guías– y comencé a trabajar con Eclipse, quien tendrá seis años conmigo en octubre. Realmente ha sido un gran cambio en mi vida tenerla. Hay que trabajar para crear conciencia de la gran ayuda y asistencia que proveen estos animales”.

Hoy en día, Ana Lucía tiene sus días y noches ocupados. Luego de realizar interesantes trabajos como traductora y profesora en diversas organizaciones, tomó la decisión de ayudar a Joshua –abogado en temas migratorios– como administradora y encargada de la relación con los clientes en su oficina. Ambos acuden cada día, luego de un trayecto de 45 minutos, y Luciana los acompaña. “Cuando la gente llega aquí, al país o a la oficina, está muy perdida, asustada y necesita sentirse bien recibida; la posibilidad de llenar esa necesidad es una de las cosas más lindas que me ofrece mi trabajo. Hay personas que han empezado como clientes y que luego terminan siendo amigos”, me cuenta.

Cuando regresan a casa, Ana Lucía se deleita con una de sus actividades favoritas: cocinar. Sienta a Luciana en una silla y, mientras cocina, le habla. Tiene tasas con diferentes medidas, cucharas y especies marcadas en Braille. No usa estufa eléctrica: ella escucha la intensidad de la llama en una estufa de gas y pone el nivel según lo que siente. A su esposo, quien es presidente del comité del distrito Liberty de los Boy Scouts y gobernador de área de la organización Toastmasters International, lo admira y respeta. “¿Qué me gustaría que cambie?”, comenta riendo. “Quiero que hable un poco mejor el español –le estoy enseñando– y me gustaría que cocinara más conmigo. Él es una persona solidaria. Nos ha funcionado saber que los malentendidos son eso, malentendidos, porque si estás en una relación sana sabes que la otra persona no va a hacer algo para lastimarte”. En ocasiones, sus noches terminan con otras actividades que ambos disfrutan, pues les gusta mucho tener reuniones sociales en casa.

Le pregunté sobre sus planes futuros y me dijo convencida: “Definitivamente, quiero tener más hijos. Creo que tener hermanos es una bendición, es un regalo, y sería muy injusto privar a Luciana de eso, y a nosotros del regalo más grande que es la familia”.

“¿Qué me ha servido en la vida, qué herramientas? Primero, la fe profunda en el Evangelio, que es mi ley de vida. Esa herramienta ha sido importantísima, me da una brújula moral interna. Luego, la disciplina que recibí en mi educación y el compartir con mucha gente de muchos sitios me ha enseñado a ser abierta, curiosa. Y la curiosidad bien canalizada es un regalo, porque miras la vida como un proceso de aprendizaje, todo es para aprender, para enriquecerte, eso de aprender de otras personas, de mirarlas, es bueno. Y luego también están las cosas que son de la propia personalidad. A mí me gusta ser una persona entusiasta, alegre, me gusta disfrutar la vida porque, como decía nuestro querido ya fallecido Facundo Cabral, hay tantas cosas para disfrutar y nuestro paso por la vida es tan corto que sufrir es una pérdida de tiempo”.

Joshua y Ana Lucía se han compenetrado realmente bien, pues tienen los mismos valores. La comunicación, el respeto y la dulzura en el trato los une y hace que la crianza de Luciana sea muy llevadera. Eclipse, el perro guía de Ana Lucía, es parte importante de la familia.

Por: Gladys Navarro de Gerbaud

Fotos:
Leise Jones y cortesía de la familia Vlieg.

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