Opinión

El Cid y Panamá

Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid es un protagonista real, de carne y hueso de la historia medieval española. El Cid es el héroe moral de una nación y bandera emblemática de la Reconquista del suelo Ibérico del dominio del Al Andaluz.

El Hércules hispánico es leyenda con el Poema del Mio Cid, un mito mesiánico como el hombre de la gigantesca barba que atemoriza a los musulmanes, aún muerto le temen. El Poema crea un personaje literario y ellos son eternos.

El cantar es el registro histórico, político, social, jurídico, militar y religioso de una comunidad nacional con identidad propia. El poema es la oración patriótica y apología de un hombre extraordinario. El Cid es el líder popular de la nación que lucha por la unidad de su territorio, como lo hicimos los panameños con La épica de la Soberanía.

El Cid es víctima de las ambiciones de poder de la España del siglo XI. La nobleza conspira contra él y logra que el rey Fernando lo destierre. Lo acusan de robo, es despojado de los bienes, honra y familia. La avaricia corroe las almas. El falso linaje se desmorona ante la prudencia y coraje de Don Rodrigo.

El alma estoica y el temple de un carácter indómito lo hacen un héroe dramático. El Cid es valiente, generoso, astuto, tierno y firme, sabe reír y llorar, afectivo y sin dobleces.

El héroe es hijo de sus obras, sin la aristocracia de la sangre, la hidalguía la adquiere con el invencible brazo guerrero y una conducta intachable. Los méritos valen más que los privilegios, las acciones más que los apellidos ilustres.

Los rabiblancos de Panamá, la “república de los primos” viven de historias maquilladas.

Ruy Díaz hace de la palabra empeñada un compromiso de honor. La habilidad diplomática le permite sobrevivir a los infortunios y las pasiones de la época.

El Cid hace de la lealtad sinónimo de legitimidad y justicia. El empeño es restaurar el honor mancillado por la codicia de unos y el don de mando de otros.

Los valores éticos del Cid son ignorados por nuestra sociedad amoral. Los políticos panameños son el lumpen, la escoria social, sus robos e infamias los hacen entes delictivos.

Honor, lealtad, decoro, equidad, justicia, responsabilidad ciudadana, son artificios de la retórica política, vivimos la civilización del espectáculo, todo es una comedia.

Los políticos y los empresarios corruptos son farsantes como los infantes Diego y Fernando de Carrión, los bribones que ofenden a las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar, Doña Elvira y Doña Sol.

La avaricia de los Carrión está en Panamá en los casos de Blue Apple, Financial Pacific, los contratos fraudulentos de los 300 millones del Seguro Social o los 400 millones de la venta del Banco del Istmo exonerados de pagar impuestos. Los ejemplos sobran en un país que es un gran supermercado.

El Cid al llegar a Panamá usará las famosas espadas La Colada y la Tizona para imponer la justicia en manos de los magistrados, jueces y fiscales que aplican La Ley del Encaje, y en los diputados que manejan las planillas como dinero personal.

Por Ricardo Arturo Ríos Torres

 

Panamá, septiembre 2019.

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