El embarazo en niñas es un problema para la salud, economía y para el futuro del país

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Según las Naciones Unidas, a nivel global, 1 de cada 3 mujeres experimentan violencia de pareja íntima y 1 de cada 10 niñas menores de edad son víctimas de violación.  Panamá no escapa a esa realidad. En el período 2019-2020 se reportaron 851 niñas menores de 14 años quienes tuvieron partos. Todas han sido violadas. El abuso sexual de estas niñas es una violación grave, sistemática y extendida de sus derechos humanos.

El caso de la niña de 8 años descrito ampliamente en medios de comunicación masiva ha sido condenado por la Sociedad Panameña de Obstetricia y Ginecología porque este no es un tema nuevo. Es un problema de más de 25 años de evolución en Panamá, tiempo en el cual el país ha fallado en proteger a las niñas, en brindarles educación sexual, en dotarles de herramientas para el manejo del estrés postraumático de las víctimas de violación, en la reintegración de las niñas vulneradas y en el castigo de los violadores sexuales.

Nosotros y nosotras en Ciencia en Panamá, pronunciamos lo siguiente sobre ese caso particular y sobre otros:

  • La maternidad forzada de las niñas genera daños psicológicos irreversibles. La violencia sexual a edades tempranas tiene muchas consecuencias en el bienestar psicosocial y en el desarrollo durante toda la vida de las niñas y sus hijas e hijos.
  • El sistema falló en la interrupción del embarazo producto de una violación, conforme lo establece el Código Penal (Artículo 144). El Estado de la República de Panamá tiene la obligación de proteger y cuidar el bienestar y la salud física y mental de las niñas, niños y adolescentes.
  • Se hace inminente la apertura de las aulas de clases, porque estos constituyen en muchos casos los únicos sitios seguros y de protección de niñas, niños y adolescentes, ya que ellas y ellos pueden salir de espacios en donde se encuentren en riesgo, pasar más horas en las escuelas, aprender sobre educación sexual y sus docentes pueden encontrar patrones de abuso y alertar a las autoridades correspondientes.

Por esto proponemos las siguientes acciones:

  • Las autoridades deben asegurar albergue seguro, servicios de salud mental y socioeconómicos para disminuir la carga de las niñas que son forzadas a ser madres, así como de sus hijas e hijos.
  • El seguimiento oportuno será fundamental para asegurar el acceso a programas de servicio social y salud mental de las niñas y el bienestar biológico y social de su hijos e hijas.
  • Implementación amplia de la educación integral en salud y sexualidad en las escuelas y a nivel comunitario. Este proceso debe incluir a padres y madres y a otras y otros cuidadores primarios, docentes y líderes comunitarios como multiplicadores del mensaje. En Panamá se han generado iniciativas multisectoriales particulares, para responder ante esta necesidad, generando resultados positivos. Sin embargo, consideramos que debe ser una política pública nacional.
  • Promover estudios multidisciplinares, que integren disciplinas como sociología, antropología, derechos humanos, salud pública, mental y sexual a nivel nacional para identificar barreras y soluciones para disminuir el impacto del embarazo y otros indicadores claves de la salud sexual y reproductiva en niñas, niños y adolescentes en Panamá.

Nosotros y nosotras, integrantes de Ciencia en Panamá, reafirmamos nuestro compromiso de promover y proteger los derechos de las niñas, niños y adolescentes de Panamá. Rechazamos los movimientos anti-ciencia que interceden en cumplir con sus derechos. Pedimos al Estado panameño y a toda la sociedad cumplir con mantener la integridad de nuestras futuras generaciones.

Panamá, 5 de marzo de 2022

Fuente: Ciencia en Panamá

3 mitos sobre la igualdad de género en la ciencia

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Por Eugenia Rodríguez Blanco y Nadia de León

El 11 de febrero se conmemora el día internacional de la mujer y la niña en la ciencia, y a propósito de las imágenes inspiradoras de mujeres científicas que serán compartidas para esta fecha en las redes sociales, conviene reflexionar y ponerlas en contexto. Es cierto que las mujeres hacen ciencia y que es importante visibilizarlas, pero no significa que el 11 de febrero sea un día para celebrar la igualdad de género en la ciencia, pues todavía no alcanzamos ni las cifras ni las condiciones de equidad como para celebrar.

A pesar de las evidencias generadas en los últimos años en relación a este contexto en la región y en el país, no existe una toma de conciencia generalizada sobre las condiciones de desigualdad que enfrentan las mujeres en las ciencias. Esta falta de reconocimiento del problema al que nos enfrentamos se manifiesta en el discurso mayoritario que recogemos de una manera general en la opinión pública, pero muy especialmente en la comunidad científica, incluyendo a los tomadores de decisiones en estos campos. Sin conciencia sobre las condiciones de inequidad a las que se enfrentan las mujeres en las ciencias, no serán posibles las acciones transformadoras necesarias y sobre las que deberíamos insistir en un día como este. Como afirmaba la socióloga feminista Dora Barrancos, “Para superar la inequidad, la primera cuestión es percatarnos de que hay inequidad”.

Para seguir ahondando en ello, proponemos problematizar el contexto en el que las mujeres hacen ciencia a partir de tres mitos que queremos desmentir, precisamente haciendo uso de las evidencias científicas generadas sobre el tema, desde una análisis crítico y feminista. Hay tres mitos en torno a la desigualdad en las ciencias, que constituyen una fuerte resistencia a las iniciativas por la igualdad en las que se trabaja con mucho esfuerzo.

Mito # 1: “Ya llegamos”.

Según este primer mito, las mujeres ya logramos la meta; o en el peor de los casos, “nos quedan solo los últimos cinco metros”. El Diagnóstico de género sobre la participación de las mujeres en la ciencia en Panamá mostró la ausencia de las panameñas en ciertos espacios científicos. Se destaca la permanencia de una segregación horizontal: las mujeres y los hombres se encuentran representados de forma desigual en las diversas áreas de la ciencia, manteniéndose en ellas una división “generizada”, donde siguen siendo menos de un cuarto o un tercio las ingenieras o programadoras, por ejemplo. También persiste una segregación vertical, ésta no tan reconocida como la anterior, con una sobrerrepresentación de mujeres en los puestos más bajos de la jerarquía de las ciencias, y de los hombres en los puestos más altos, que gozan de mayor prestigio, valor económico y poder de decisión. Las panameñas en la ciencia pasan pronto a ser minoría en la escalera del avance en sus carreras: aunque son mayoría en las licenciaturas y hay paridad en maestrías, son minoría en los doctorados y van desapareciendo en los niveles más altos del Sistema Nacional de Investigación (SNI) o en la dirección de instituciones. Referirse a estas oportunidades y espacios como “los últimos cinco metros”, minimiza la dimensión de la brecha de género en la toma de decisiones en la ciencia, que, sin embargo, es grande y determinante, a la vez que desestima las desigualdades aún existentes en los lugares o posiciones que sí se ocupan.

Mito #2. “Aquí somos todos iguales”.

El segundo mito sostiene que “ya hay igualdad”, contrastando la situación actual con la de hace unas décadas, cuando la desigualdad era aún más crítica. Este mito se basa en la falta de reconocimiento de las inequidades de género que enfrentan todavía hoy las mujeres para acceder y permanecer en la ciencia. Que actualmente haya más que antes, ¿significa que las inequidades ya no existen? ¿A las mujeres les cuesta lo mismo llegar y permanecer que a sus colegas varones? Sobre ello, Gloria Bonder, experta en la materia, afirma que estamos ante un “espejismo de la igualdad”, llamando la atención a esta falta de problematización y reconocimiento. Se apela al pasado para reconocer el avance y se argumenta la falta de interés de las mujeres en ocupar puestos donde actualmente no están, para explicar la segregación horizontal y vertical.

Siguen siendo explicativas las metáforas del techo de cristal o el suelo pegajoso, usadas en la literatura de género para referir a obstáculos invisibilizados que enfrentan las mujeres para acceder a posiciones altas en la ciencia, la economía o la política. Otra metáfora, la de la tubería con fugas, representa la pérdida de mujeres en el transcurso de sus carreras científicas y permite visibilizar los condicionantes de género (roles, estereotipos y relaciones) que aún están vigentes, y que explican que a las mujeres les cueste más llegar y permanecer que a sus compañeros varones. Entre estos condicionantes están una mayor carga en las responsabilidades de cuidados y del hogar (que en Panamá todavía recae sobre ellas con el doble de horas que los hombres), pero también el acoso y el abuso sexual que tiene lugar en instituciones científicas o académicas, como expresión de la dominación masculina que impera en la ciencia, y que las mujeres científicas se ven obligadas a soportar en el desarrollo de su carrera. Todo ello gace que les cueste más llegar y permanecer; por tanto, la igualdad en la ciencia sigue siendo un espejismo a pesar de que  las cifras de participación de las mujeres hayan mejorado.

Mito # 3: “El cambio llega solo”.

Se refiere a la creencia de que las mejoras van sucediendo con el simple pasar del tiempo, como por inercia. Esta percepción apareció como una constante en las entrevistas a líderes y directores de instituciones científicas y académicas recogidas en el Diagnóstico mencionado, así como durante el trabajo de campo que venimos haciendo. Afirmaciones y creencias como, “es casi natural que las mujeres vayan ocupando esos puestos” (en referencia a los cargos altos en las ciencias), se basan en una desconsideración de los condicionantes sociales y de género a los que hemos hecho referencia, como si se tratara de un fenómeno natural, más que social. Refleja también un desconocimiento de la historia, que nos ha enseñado que los cambios sociales en cuanto a inclusión y género no suceden si no son impulsados.

Es otro espejismo considerar que no han tenido lugar acciones concretas que han contribuido a contrarrestar las condiciones de desigualdad mencionadas y que han permitido aumentar el número de mujeres en la ciencia. Sin embargo, destaca la ausencia de políticas públicas entre estas acciones. El contrapeso lo hace casi exclusivamente el rol activo de las propias mujeres para permanecer y avanzar, haciendo frente –a veces solas y en silencio– a los condicionantes de género que limitan o dificultan su participación. En este sentido destaca el papel determinante del apoyo entre mujeres en la sociedad panameña para lograr los avances actuales: las madres, las abuelas, las mentoras o las trabajadoras domésticas. Entre estas cadenas de apoyo reconocemos a las primeras científicas panameñas, referentes a quienes dedicamos un proyecto de investigación desarrollado en el CIEPS y financiado por la SENACYT. Estas pioneras de la ciencia se enfrentaron a un contexto histórico aún más desigual y discriminador, que hoy permanece estructuralmente aunque algunos mitos lleven a pensar que un día como hoy debemos celebrar.

Fuente: CIEPS

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